El peso del amor
Recién cumplidos los 50 años, Leonard Cohen ha decidido reincidir: tiene un nuevo disco, actuaciones. Para muchos, su música agonizante sólo sirve para masajear corazones sensitivos con tendencias suicidas. Para otros, el poeta y novelista canadiense ha traído a la canción popular anglosajona una calidad literaria y riqueza emocional sólo comparables a los mejores momentos de la chanson francesa. Resignado a ser considerado un anacronismo en un mundo de instrumentos complejos e imágenes rutilantes, Cohen quiere volver a cantar para sus adictos de siempre. Se presentó en España los días 15 (Bilbao) y 16 (Madrid) de febrero.
Leonard Cohen ha vivido una noche lorquiana: su discográfica le ha 1levado al teatro nacional donde se representa La casa de Bernarda Alba. Cuando me encuentro con él a la mañana siguiente, no se me ocurre nada mejor que sacar el nombre del poeta martirizado para acelerar el deshielo. Después de todo, bautizó a una de sus criaturas como Lorca y ha declarado que sus poemas marcaron su adolescencia. "Sus libros me enseñaron que la poesía podía ser pura y profunda, a la vez que popular". Se asombra de que parte de su obra haya quedado inédita durante décadas por voluntad de su familia. Intento explicarle las circunstancias que rodearon a su figura en el franquismo. Y terminamos, naturalmente, hablando de la vieja guerra en una suite del hotel Palace y con las huellas del escaso sueño en la cara.
"Hubo muchos canadienses en las Brigadas Internacionales. Pero no tuve contactos políticos con ellos. Lo que sé sobre la guerra civil española lo aprendí de libros de George Orwell, Stephen Spender y Ernest Hemingway que circulaban por la Universidad".
Canadá. Cohen nació en 1934, dentro de una próspera familia judía. Y en Montreal, donde los francocanadienses son mayoría y la religión dominante es la católica. Después de pasar por la escuela hebraica desemboca en la universidad McGill de la ciudad. ¿Qué ambiente existía allí en los años cincuenta? "Tuve la suerte de ser universitario antes de que los rusos colocaran el Sputnik en el espacio. Entonces nadie se preocupaba si ibas a clase o no, así que fue un periodo muy agradable, que pasé leyendo poesía, tocando la guitarra y bebiendo con mis amigos. Después del Sputnik, las universidades de América del Norte se hicieron más diligentes, se pusieron muy serias respecto a las matemáticas y la tecnología. Exigían rendimiento a los alumnos".
¿Quedaban posos de la vieja izquierda intelectual en McGill después de la guerra fría? "Claro. Yo estuve relacionado con todos los grupúsculos. Especialmente con los más extremistas. Me interesaba todo lo que se saliera de la norma, estuviera a la izquierda o a la derecha". El otro tópico referente a las universidades norteamericanas de la época es la beat generation. ¿Influyeron los beats sobre el joven Cohen o resultaban demasiado vulgares para su gusto? "¡No eran lo bastante vulgares para mi! Me gustaban aquellos tipos, me sentía muy próximo a ellos y los conocí a casi todos. De hecho, soy muy amigo de Allen Ginsberg, un alma bendita. Pero no era como te lo imaginas: los estudiantes devorando a Kerouac y oyendo jazz todas las noches. Los beats eran un movimiento marginal que sólo se espesaba en el Greenwich Village neoyorquino o en San Francisco. Creo que salieron tres grandes escritores -Ginsberg, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti-, que llegaron a trabajar con músicos de jazz. Yo también hacía cosas así. Había en el centro de Montreal un club llamado Birdland, como el famoso local de Nueva York. A las doce de la noche, yo salía acompañado por unos jazzmen locales que me acompañaban mientras leía poemas o improvisaba. Podía ser 1956, 1957".
Una biografía muy propia. Graduado en Literatura, atraído por la bohemia y el radicalismo político. "Estuve incluso en Cuba. No recuerdo qué es lo que me hizo trasladarme allí, alguna idea romántica del poeta luchando contra el capitalismo. Era la época en que los castristas estaban en pie de guerra, la bahía de Cochinos. Dos cosas se me han quedado grabadas de aquella visita. Fue la primera vez que una mujer me echó un piropo. Supongo que se trataba de una prostituta en paro, ya no había turistas americanos. Iba por la calle y ella me dijo que tenía unos ojos muy bonitos. El segundo recuerdo es más desagradable. La mayor parte de los internacionalistas que estaban en la isla venían del Este, checoslovacos y gente así. Pero me encontré con un comunista norteamericano y se me ocurrió discutir con él. Dije algo crítico, ¡y me escupió! Nunca me llevé bien con los comunistas. Admiraba a los que conocía en Montreal, totalmente paranoicos y terriblemente dogmáticos. Pero ellos me detestaban. Mi familia tenía una empresa textil y ellos sólo me consideraban como un símbolo de la decadencia, del enemigo de clase".
¿Cómo acogían los cubanos a los extranjeros que llegaban a hacer turismo revolucionario en aquellos días de crisis? "La mayor parte de la gente que estaba allí era invitada del partido, intercambios culturales. Yo llegué por mi cuenta, sin ninguna afiliación política, ni contactos institucionales. De hecho, la primera noche no se me ocurrió nada mejor que ir a la playa de Varadero, con intención de dormir allí. Llevaba pantalones y camisa caqui, un cuchillo de acampada, lo habitual. Lo que yo no sabía es que estaban esperando una invasión y que la playa estaba vigiladísima. De repente, me vi rodeado de una docena de soldados con rifles, que me preguntaban algo con gesto amenazador. Y yo no sabía nada de español. Ellos pensaron que acababa de llegar la primera ola de la invasión. Me llevaron al cuartelillo, donde pude explicarles que yo no era un comando invasor. Terminamos muy amigos, brindando por 'la amistad de los pueblos'.
El Cohen que llegó a Cuba era ya considerado como uno de los novísimos de la poesía canadiense, con dos libros en su haber: Let us compare mithologies (1956) y The spice-box of earth (1961). "Comencé a escribir el día en que murió mi padre. Tenía nueve años y recuerdo que plasmé mis sentimientos en un papelito. Luego rasgué una corbata de mi padre, metí allí el papel y lo enterré en el jardín de casa. Fue la primera vez que establecí una relación entre la literatura y las cosas importantes de la vida. Pero mis primeros poemas nacieron cuando tenía 16 años. Estaban muy emparentados con las canciones folclóricas. Era un coleccionista de este tipo de música y me encantaba su lenguaje. Empecé duplicando su forma de narrar puramente por amor a esas canciones. Luego, en la Universidad, conocí a gentes que compartían mi afición y descubrí que había pequeñas revistas que publicaban sus cosas. A través de ellos me relacioné con los poetas mayores de la ciudad, que tenían l0 o 20 años más que nosotros; algunos eran profesores en la universidad".
Ese no era el caso de Abraham Klein, un atormentado personaje cuyos cuatro únicos libros -entre los que está Hitíeriad, editado en plena II Guerra Mundial- parecen haber sido decisivos para que el joven Cohen encontrara su tono literario. La mención de Klein sacude al inquilino del hotel Palace. "¿Le conoces? Eso sí que es una sorpresa. Era una persona..., ¿cómo decirlo?..., muy compleja. Tuvo una vida muy difícil". E insiste en la prerrogativa del off the record para precisar aspectos de la vida de Klein que no están reseñados en las solapas de sus obras. "Puedes decir que fue realmente el poeta más dotado de Canadá, una de las mentes más brillantes e ingeniosas y cortantes de la época. Pero que fracasó en la vida diaria. No tuvo éxito como abogado. Investigó el trabajo de Joyce y otros se aprovecharon de sus hallazgos. Murió en 1972, cuando llevaba 25 años sin publicar nada".
Desasosiego. El artista, somnoliento, que nos ha recibido pulcramente vestido de negro, parece sentirse incómodo recordando una vida frustrada. Huimos del tema. "Yo seguí la tradición de la época. Hice de todo para ganarme la vida: chico de ascensor, camarero en restaurantes, periodista radiofónico, hasta músico. Tocaba canciones vaqueras con un grupito llamado The Buckskin Boys. Sabia que no podía vivir de la poesía y sólo tenía la salida de dar clases en la universidad, lo que no me apetecía, o meterme en la empresa familiar, lo que me apetecía menos. Me salvó Grecia. A los 24 años me dieron un subsidio del Canada Council para escribir un libro y me dispuse a hacer el típico recorrido europeo. Estuve en todas las viejas capitales. En Grecia descubrí que alquilar una casa costaba 14 dólares al mes; podía vivir un año con menos de 1.000 dólares. Estaba allí casi todo el año; regresaba unas semanas a América, conseguía algún dinero y volvía nuevamente a la isla de Hydra. Así sobreviví".
¿Es cierto que su retorno al Nuevo Continente fue acelerado por el golpe de los coroneles? "No sé si establecí una conexión entre ambos hechos. Cuando aprendes a vivir en un país y sus habitantes son tus amigos, no piensas de forma política. Volví después del golpe y la atmósfera había cambiado. Mucho. Y no regresé cuando se reinstauró la democracia. Es muy difícil restablecer la sensación de libertad que yo conocí. Los coroneles hicieron leyes absurdas. Por ejemplo, los griegos suelen lanzarse a bailar y rompen los platos para demostrar su alegría. Pues lo prohibieron. ¿Por qué? ¿Pensaron que tirar los platos era antirrégimen? No lo sé. Cortaron muchas pequeñas formas de expresión del pueblo llano".
La reputación literaria de Cohen se consolida. Nuevas colecciones de versos: Flowers for Hitler (1964) y Parasifes of heaven (1966). Volúmenes delgados, donde las ansias de la carne se expresan de forma florida y las cuestiones de su identidad como judío brotan entre dolor y perplejidad. Son versos accesibles y ardientes que no le ganaron grandes admiradores en los círculos académicos, pero sí abundantes lectores juveniles a partir de la edición de una antología en 1968. Algo similar ocurre con las novelas. El juego favorito (1963) es una autobiografía, levemente disimulada, donde el aprendiz de poeta que se va a Nueva York tras repudiar a su Montreal natal termina reconciliándose con sus orígenes. Los hermosos vencidos (1966) es un ambicioso retrato de un triángulo diabólico, con la fantasmal intervención de una santa india. El mensaje básico: la vida tiene más espinas que rosas, pero es necesidad del hombre sublimar su dolor en la búsqueda de lo absoluto.
Leonard Cohen reingresa en el mundo de la música popular en la segunda mitad de los sesenta. Buena época para poetas-trovadores. "En realidad, nunca había dejado de cantar, tocar y componer. En Hydra escuchaba las emisoras de las fuerzas americanas en Atenas, que ponían mucha música couniry. Gracias a Judy Collins había descubierto a Jacques Brel, que también fue una inspiración. He de reconocer que necesitaba dinero. Publiqué Los hermosos vencidos y vi que llevaba muchos años escribiendo y que no podía pagar la factura del tendero. Dije a mis amigos: 'Ya que no puedo vivir como escritor, me dedicaré a cantar'. Una tontería:
ahora sé que las posibilidades de triunfar como cantante son aún menores que las de vivir gracias a la literatura. Pero tenía el deseo ardiente de ir a Nashville y cantar country and western. la música más cercana a mi sensibilidad. Al volver de Grecia conocí a Joan Baez, Bob Dylan, Phil Ochs, los motores del renacimiento de la llamada música folk en América. Aquella explosión no me resultaba ajena y no me fue difícil entrar en el mundillo de la mano de Judy Collíns. Me relacioné con una ayudante de Albert Grossman, el ex manager de Dylan. Manifesté mis deseos de lanzarme como cantante y me tomó la palabra".
Después de la existencia apacible en Grecia, Cohen se lanza a la vorágine neoyorquina. Sus pies están en el círculo de cantantes compositores, pero se le puede ver incluso con la tropa de Andy Warhol y The Velvet Underground. "Supongo que te refieres a Nico. Me enamoré de ella, igual que todo el mundo que la conocía. Una mujer notable; me fascinaba". Las ideas de Warhol sobre la necesidad de contar con un plan maestro para triunfar, crear una imagen vendible y adecuada a las necesidades del mercado, ¿influyó sobre el aspirante a estrella de la canción? "No, nunca tuve ese tipo de estrategias. ¡Ojalá hubiera tenido un plan con todo previsto! En nuestro pequeño clan de poetas de Montreal siempre nos sentimos como figuras históricas, creíamos que estábamos haciendo historia cada vez que nos reuníamos. Ya sabes, si bebíamos una botella de coñá era un acontecimiento importante. Nos dábamos importancia unos a otros, nos veíamos como los poetas más notables del momento, estábamos seguros de ser la gente más excitante del mundo. Muy propio de la juventud y de una ciudad provinciana. Nos creíamos famosos, pensábamos que dominábamos el mundo literario cuando se vendían 400 copias de un libro nuestro. Eso nos ayudó. Éramos muy jóvenes, la literatura era nuestra vida. Tengo que reconocer que me sentía más importante a los 18 años que ahora, cuando tengo 50 y soy medianamente famoso".
Los primeros éxitos de Leonard Cohen llegan en otras gargantas. "Es lo que más me emociona. Todavía hoy me siento inmensamente agradecido cuando alguien canta mis canciones. Se han hecho versiones espléndidas. El Bird on the wire de Joe Cocker o la interpretación del difunto Tim Hardin. Todo lo que hizo Judy Collins. Muchos compositores sienten que han llegado cuando Frank Sinatra usa su material, y me pregunto si Leonard Cohen tiene algún deseo secreto en este sentido. "Es curioso que menciones a Sinatra. El estuvo interesado en hacerlo en un tiempo, hubo conversaciones entre su oficina y la mía. Pero no pasó nada. Insisto en que cualquiera puede interpretarlas; todavía me fascina pasar por la calle y oír a unos músicos tocando Suzanne. No me planteo que haya un cantante ideal para mis cositas. Aunque no me importaría que Ray Charles hiciera alguna".
Hasta su segundo elepé, Songs from a room (1969), Cohen no logra su sueño de grabar en Nashville. Lo que anteriormente era un proceso natural -hacer canciones por impulso propio- se convierte en una obligación, con presiones de sus representantes y la compañía de discos. Leonard Cohen es un producto vendible y hace lo posible por mantener su dignidad en su nuevo papel de ídolo juvenil. Tengo curiosidad por saber cómo le afectó el cambio y le leo el texto de presentación de una reedición de EI juego favorito: "Famoso mundialmente como cantante de baladas y autor de novelas, Leonard Cohen forma parte del puñado de artistas -otros podrían ser Jack Kerouac y Bob Dylan- que han logrado triunfalmente el dar una voz vibrante para las aspiraciones de los millones de jóvenes que han llegado a la palestra después de la II Guerra Mundial". ¿Cómo le sentó convertirse en un portavoz de la juventud?
"Bueno, el texto ése forma parte de la época. Había que definir las cosas en términos grandilocuentes. Había un gran apetito de cambio y todo tenia una gran importancia social. No me molesta. Además, ¡estoy en buena compañía! La verdad es que nunca me vi como portavoz de nada. Escribes una canción; si es una canción auténtica, llega a la gente, que la usa para lavar la ropa o hacer el amor, con lo que se hace parte de su mundo interior. Una canción no está diseñada para transformar la sociedad. Si es verdadera, puede representar las necesidades auténticas de la gente que la escucha, pero su efecto es muy sutil, es fácilmente neutralizable".
Sus canciones punzan fibras sensibles de muchos miles de oyentes. Tienen algo de litúrgico, salmos contemporáneos que Cohen recita más que canta, lo que aumenta la intimidad de sus surcos. El éxito llega por los elementos superficiales: canciones melancólicas, voz susurrante, arreglos sobrios. Sin embargo, para muchos corazones frágiles, Cohen es el compañero de depresiones, el alma gemela que ha pasado por las amarguras del amor y la soledad, y que ofrece un mapa para escapar de esos infiernos. Son personajes como Daphne Ríchardson, uno de cuyos poemas-dibujos aparece en la contraportada de Live songs (1973). ¿Se siente Cohen responsable de esa gente que se refugia en sus versos? Se queda meditabundo. "Sí. He encontrado muchas personas infelices que no han sido capaces de sobrevivir. He perdido muchos amigos íntimos. Los años sesenta fueron tiempo de grandes cambios, y hubo seres que no fueron capaces de superar el desequilibrio consiguiente. Gente frágil que vivió aquella década como años difíciles. Daphne fue una de las que no aguantaron y prefirieron suicidarse".
La nueva exigencia del Cohen cantante parece haberle alejado del papel impreso. Aunque su carrera discográfica ha estado llena de largos silencios, sólo ha publicado tres tomos en este periodo: The energy of slaves (1972), Death of a lady's man (1978) y Book of mercy (1984). Las grabaciones, las giras, la promoción, todo consume tiempo. Aunque los viajes proporcionan oportunidades para contactos insospechados. Se habló mucho de una reunión con Giscard d'Estaing.
"No fue para tanto. Era entonces ministro de Economía o algo así. Yo estaba dando unos conciertos en París y me invitó, muy cortésmente, a comer. Nos juntamos en una sala estilo Luis XVI, en un palacio cerca del Louvre. Una comida muy agradable, a base de pescado. Hablamos luego un par de horas y me pareció un tipo inteligente, sofisticado, civilizado. Un buen conversador. Quería saber la razón de que no hubiera una música francesa capaz de competir con la anglosajona. Le dije que no tenía ni idea. Me preguntó también qué haría yo si tuviera el poder. Y le dije que no sabría qué hacer con el poder. Una charla francesa y abierta entre dos hombres, eso es todo".
Supongo que Cohen habrá conocido a políticos menos gratos que Giscard. "No, no me suelo mover por esos círculos. Ah, también estuve con Pierre Trudeau, ex primer ministro de Canadá. Un hombre muy impresionante. Le reté a echar un pulso con los pulgares, algo muy canadiense. ¿No lo conoces? Es muy sencillo. Mira, se cruzan los pulgares, así, y tienes que forzar al adversario a bajar la mano. Yo le gané, pero no estoy seguro de que empleara todas sus fuerzas. Es así: un tipo de exterior muy suave, pero muy fuerte interiormente".
Cohen no ha sentido tentaciones políticas. Creo que sería inútil en esas lides. Cuando pienso en esos temas, me veo como un jefe de Gobierno que negocia con otras fuerzas y elementos de la sociedad buscando establecer alianzas entre mis enemigos y mi Gobierno. Uno está aquejado por la facultad de entender las posiciones de los demás, lo cual te hace difícil mantener enemigos ideológicos. Por ejemplo, incluso el fascismo... Uno comprende que fue un movimiento realmente popular, no eran sólo unas docenas de tipos armando gresca; había multitudes que apoyaban valores que yo no comparto: la familia, el honor, el machismo, el orden. Es muy importante comprender las opiniones de tus adversarios. Y cuando entras en una forma de pensar, es difícil operar de una forma simple, por antagonismos ideológicos. Por eso pienso que los partidos políticos actuales están obsoletos: son incapaces de incorporar a sus programas otras opiniones, otros valores que sean defendidos por sus oponentes".
Tras la invasión de Líbano, los israelíes fueron criticados por permitir que ocurrieran matanzas en los campos de palestinos. ¿Cree Cohen que esas acusaciones estaban justificadas? "Desde luego que están justificadas. Sin embargo, la gente se deleita en atacar a Israel. El entusiasmo con el que el mundo se presta a criticar al Estado judío es algo que nunca debe olvidarse. Desde luego, no hay ninguna disculpa para las matanzas. Pero está el contexto histórico: en esa zona, los enemigos se han estado matando a lo largo de siglos; las matanzas son una expresión política de Oriente Próximo. Cuando te enteras, no puedes evitar sentir horror al hablar de la aventura judía en Líbano. Es muy duro hablar de esto, pero... creo que hay algo en las grandes matanzas que atrae el interés morboso de los occidentales, y pienso que eso es tan repugnante como el prfopio hecho de matar inocentes".
Bob Dylan, amigo suyo, incluía en su disco Infidels un tema titulado Neighborhood bully, donde se lamentaba amargamente de que Israel siempre fuera presentado como el agresor sin tener en cuenta otras circunstancias. "Conozco la canción, que no es una de las mejores de Dylan, por cierto. Pero creo que tiene razón; entiendo su indignación: los comentaristas que hablan de Israel usan una medida que no aplican a otros países. Especialmente, los intelectuales europeos son culpables de esa actitud frívola, que suele ir acompañada por antiamericanismo visceral realmente ciego. La canción de Dylan es una reacción legítima contra las críticas que recibe Israel, sin que nadie se preocupe de señalar la falta de democracia en la zona, los opositores que son encarcelados o asesinados. No quiero que mis palabras sean entendidas como una justificación de acciones del Gobierno de Israel que son totalmente deplorables. Pienso que los periodistas, cuando tienen que tratar estos conflictos, sean irlandeses contra ingleses o judíos contra árabes, tienden a moverse como buitres, buscando el ángulo que permita vender más periódicos. No hay una verdadera compasión por la gente que allí está muriendo".
Leonard Cohen se transladó a los frentes durante la guerra del Yom Kippur, en 1973. "Me llamaron y fui con mi guitarra. Canté para los soldados israelíes y para todos los que quisieron escucharme. También qauisieron que fuera a actuar para las tropas que invadieron Líbano. Me negué".
Aparte de la gira, he oido hablar de un proyecto cinematográfico. "Ocurre que I am a hotel, el especial que hice para televisión, ha gustado bastante, ha tenido premios y todo eso. A raíz del éxito, me ofrecieron hacer una especie de drama musical. En realidad, tiene estructura de ópera. Yo hice las letras, y las canciones --tiene 85 minutos de música-- son de Lewis Furey, un gran tipo. No sé si se exhibirá en cines o sólo se pasará por televisión. De hecho, ni siquiera sé seguro su título. Hablan de night magic. Yo propuse otro, pero no gustó, así que me da lo mismo cómo lo bauticen. Por lo que he visto, ha quedado muy bien. Es una producci&oaccute;n franco-canadiense".
Tengo entendido que el Gobierno canadiense tiene una política muy amplía de subvenciones a las producciones artísticas del país. "No podría ser de otro modo. Se corre el peligro de perder la capacidad de expresarnos. Estamos pegados a Estados Unidos y nos llegan todas sus emisoras, sus programas de televisión, sus periódicos, sus revistas. No te puedes imaginar lo que es eso. No se trata de un rechazo de lo norteamericano, que es una gran cultura, pero no tendríamos defensa cultural sin la ayuda gubernamental". Supongo que, incluso a niveles oficiales, Leonard Cohen es reconocido como puntal importante de la cultura canadiense. "Importante..., no sé...; esa es una palabra enemistada con la poesía. Siempre he sido bien recibido. Desde el comienzo he contaqdo con apoyos".
Cohen de gira. ¿Cómo aguanta la rutina de los aviones y los hoteles? "Nunca abandono mi guitarra. Cuando tengo que volar, llevo uno de esos pequeños pianos electrónicos, me pongo los auriculares y toco sin molestar a nadie. También me llevo algunos libros". ¿Los favoritos de siempre o literatura nueva? "Prefiero los viejos libros, pero ahora estoy leyendo novelistas norteamericanos jóvenes, entre los 30 y los 40 años. No puedo recordar sus nombres, aparte de Sam Sheppard, que es un gran autor teatral. Y siempre tengo a mano la Biblia. No soy una persona religiosa, pero allí hay escritores excelentes". Cuando se habla de sus canciones o libros, siempre se le intenta encajar dentro de la tradición hebraica. "Es algo elemental el considerar mis escritos como emparentados con la literatura bíblica. Lo que ocurre es que me gusta usar las viejas historias que todo el mundo conoce. Bueno, conocían, ya que ahora se ha olvidado la Biblia. Los jóvenes saben que existió Jesucristo, pero desconocen que el rey David era un poeta maravilloso. Aunque tal vez tampoco sea tan importante".
¿Le acompaña todavía su reputación de mujeriego? "No, me abandonó hace mucho tiempo". Supongo que hay un momento en que el hombre deja de perseguir a las mujeres que se cruzan en su camino. Leonard, ¿se pierde la necesidad de enamorarse? "En mi caso, no he dejado de perseguirlas, pero ya no responden a mis propuestas. (Risas.) Bueno, no creo que yo sea el primer hombre interesado por las mujeres. La verdad es que no comprendo esa reputación. Conozco a muchos hombres bastante más diligentes que yo en esos aspectos". Claro, pero es una parte inevitable de su historia secreta. Se sabe que Joan of Arc está dedicada a Nico, o que Chelsea hotel narra un encuentro amoroso con Janis Joplin. "Bien, antes hablaba humorísticamente. Sí, es cierto que Chelsea hotel se hizo para Janis, una mujer que me conmovió. Pero no puedes decir, por el hecho de que hayas sido tocado por esas personas, que eres un mujeriego".
En los primeros años de su carrera se quejaba de estar dependiente de los imperativos discográficos. ¿Sigue notando ese apremio de la compañía? "No. Mi éxito en el mundo del disco ha sido muy modesto en comparación con los artistas de los que realmente vive la industria. He logrado un beneficio modesto para mi discográfica, sin haber llegado a producir lo que se suele llamar superéxitos. Mis discos han tenido una vida larga, se han vendido paulatinamente durante varios años. No tengo aspiraciones a convertirme en un Michael Jackson para cuarentones". Curioso, Cohen está cobijado por la misma estructura multinacional que lanza a Michael Jackson. "No me importa; estoy muy feliz de que se acuerden de mí después de haber vendido 50 millones de copias de Thriller. (Risas.) Nada tengo contra Michael; creo que es formidable y que merece todo lo que consiga. Mis hijos son fans suyos y tengo la sensación de haber vivido con Michael Jackson durante el último año".
Desde Recent songs hasta su nuevo Various positions han transcurrido cinco años. No se puede decir que Leonard Cohen se prodigue. "Hacer canciones es un trabajo duro. Puedo tirarme meses con un tema y ni siquiera tengo la garantíia de que salga algo aceptable. No puedo componer con facilidad. En realidad cuando llega la chispa, salen fácilmente. Pero puedes perder muchas semanas agonizando hasta que llega. Es una disciplina diferente de escribir poesías. He puesto música a algunos versos, pero no es lo normal. Una letra de una canción no queda bien en un libro; un poema tampoco suele funcionar como texto para una canción".
Cohen ha sido un gran anfitrión. El diálogo, abundante en largas pausas, ha sido alentado por su afabilidad y su disposición a tratar todos los temas. Nos levantamos y se relaja. "Cuando hago entrevistas, fumo cinco veces más de lo normal, es terrible". Ah, olvidaba la pregunta inevitable. ¿Cuál es el motivo de la vuelta a la actividad a una edad en que muchos cantantes prefieren vivir de las rentas? "¡Mi pobreza! (Risas.) Bueno, me encantaría que las amas de casa tararearan alguno de mis nuevos temas. En serio: no estoy muy seguro de cuál es mi motivación. No sé..., hay una urgencia de decir algo a la que respondo. Es una de las pocas cosas que sé hacer medianamente bien. Sé lavar platos, sé hacer el pino y sé componer canciones".