Se afirma que Justiniano (según Procopio en su Historia secreta), ordenó la comisión de más asesinatos que todos los anteriores emperadores romanos juntos, lo cual no deja de ser una hazaña impresionante.Otras de sus habilidades también fueron notables.     

Se casó con una ramera, Teodora, cuyo padre había sido custodio de animales salvajes -animales adiestrados para matar y violar a las víctimas humanas-, en el anfiteatro de Constantinopla. Teodora se convirtió en prostituta, en combinación y bajo las instrucciones de su madre y una hermana, siendo aún una niña. Físicamente bajita y falta de madurez, no estaba considerada apta para el coito, por lo que se abrió paso como <<compañera>>. Sus clientes, en su mayoría  esclavos, también la empleaban en el intercambio anal y otros métodos extracoitales. Tan pronto como estuvo suficientemente desarrollada, añadió el coito a su repertorio.      

Convertida en actriz, Teodora comenzó, en el escenario, a levantarse las faldas a fin de exhibirse desnuda al público. Esto fue un buen negocio, puesto que continuaba su carrera como prostituta, recibiendo después de sus interpretaciones a los hombres cuyo deseo había estimulado. Por otra parte, Teodora era caritativa y copulaba con grupos de diez, veinte y treinta hombres sin cargo alguno.     

Se afirma, sin embargo, que incluso estas orgías no la dejaban plenamente satisfecha...queriendo dar a entender sin duda que era ninfomaníaca. Su continua indulgencia en las prácticas extrañas al coito, junto con éste, las menciona un historiador que observa a este respecto que habría tres puertas a los embajadores de cupido (y) lamentaba que la naturaleza no le hubiese abierto igualmente el pecho, a fin de haber podido contentar a la vez a más emisarios.     

Una de sus interpretaciones escénicas era particularmente popular. Sus ayudantes le arrojaban granos de maíz a la vagina. Luego, unos gansos amaestrados, picoteaban dichos granos, extrayéndolos de la cavidad, uno a uno, y devorándolos. A medida que su existencia erótica iba en aumento, era suficiente ver a un hombre o a una mujer en su compañía para calificarlo de pervertido.     

Justiniano, también célebre impúdico, se enamoró de ella a primera vista, aunque, se supone, animado por la reputación de Teodora. La convirtió en su amante mientras ella, sin dificultades, le transformaba a él en su amante esclavo.     

Poco después de usurpar en el 527 el trono del Imperio Romano Oriental, se casó con ella, tras persuadir al emperador Justino a derogar las leyes que prohibían que un romano de rango senatorial se casara con una prostituta. La emperatriz, al comienzo del reinado de Justiniano, según la describió Procopio, tenía el rostro claro y muy gracioso, aunque de rasgos pequeños; su tez era moderadamente colorada, algo pálida; y sus ojos eran grandes y vivaces. Su conversación era obscena, y le gustaba alabarse públicamente de sus muchos abortos. Hay que añadir que sus gustos eran tan caros, que llegó a reducir los recursos del emperador, siendo la inductora de asesinatos y estafas.     

Los dos compartían el mismo gusto por la sangre, y gozaban provocando guerras entre los bárbaros y  ejecutando a los herejes...sobre la base de una definición muy especial de herejía. Pronto añadió sus rivales políticos a la lista de los que tenían que asesinar y cuando estaba de humor para diversiones menores, se divertía apaleando ferozmente a los astrólogos. Luego, eran atados a camellos y conducidos desnudos por las calles, sangrando por sus heridas.     

La reputación de esta pareja se hace evidente en la creencia popular: que ambos habían sido concebidos por sus madres en conjunción con demonios. Se dice que la madre de Justiniano confesó haber tenido un íncubo invisible, que la violó, y dejó encinta del futuro emperador, diciendo que algunas noches vagaba por el palacio sin cabeza; que sus facciones parecían fundirse, dejando sólo una bola de carne sobre los hombros; y que su potencia era mayor que la de cualquier otro mortal. Los antiguos amantes de Teodora afirmaban que a veces habían visto en sus abrazos a un diablo de formas mostruosas, que se aparecía en la habitación y exigía intercambio inmediato con la ramera.     

El sadismo de Justiniano, junto con el de Teodora, le indujo a divertirse asesinando a sus más fieles amigos y mantenedores. Le deleitaba conceder favores, rango y poder a algunos favoritos temporales y cuando éstos menos lo esperaban, el emperador los hacía acusar falsamente de un crimen, les arrebataba cuanto les pertenecía, los torturaba y finalmente los hacía ejecutar. Cuando Justiniano daba señales de haberse encaprichado de alguna persona, Teodora no cesaba de molestarle hasta que tal era añadido a la lista de los sacrificios.     

Teodora, por contraste, necesitaba dormir más de lo normal: catorce, dieciséis horas diarias. El resto de su tiempo lo pasaba bañándose, dándose masaje en el cuerpo y atendiéndolo de mis distintas formas, y comiendo, bebiendo y en orgías sexuales. Asistía siempre a las flagelaciones y ejecuciones de los que de alguna forma la habían ofendido. Por otra parte, si un favorito suyo era acusado de un crimen - asesinato o violación-, se aseguraba de que el crimen no quedase impune.     

Ser amante de Teodora resultaba fatal. Si un joven la seducía, lo elevaba a una posición de riqueza y poder; pero el agraciado vivía poco. Tan pronto como su pasión se concentraba en otro, el antiguo amante era acusado de sodomía, o de otra anormalidad. Luego, se lo quitaban todo, y llegaba a ser despojado de sus ropas públicamente, siendo golpeado ferozmente y castrado. Uno de sus antiguos amantes, tras ser denunciado como homosexual, se refugió en un templo. Teodora entró en el santuario, con sus guardias, ordenó que le rajasen el pene, y lo dejó sangrar hasta morir.     

Como ex prostituta, Teodora se preocupaba por el bienestar de las rameras. Así, inició un famoso experimento: uno de los primeros intentos de rehabilitación de esas mujeres.     

Quinientas trotonas, arrestadas por solicitar comercio sexual en la vía pública, fueron llevadas a un monasterio, llamado <<Arrepentimiento>>. Allí se vieron sujetas a una disciplina religiosa muy estricta, con el inevitable resultado de que muchas se suicidaron, arrojándose desde lo alto del parapeto, otras se volvieron locas y otras murieron de aburrimiento y desolación. Es probable que Teodora ya previniese este resultado, y si fracasó en su intento de rehabilitación, al menos obtuvo docenas de suicidios y muertes.     

Otra de sus distracciones era obligar a matrimonios felices a pedir el divorcio. Luego, hacía que los recién separados se casaran con personas a las que detestaban. También disponía el casamiento de bellas jóvenes con hombres viejos o tullidos. Otro placer fue permitir a una pareja de amantes que se casaran y luego arrestarlos, antes de la consumación de la boda, acusados de un delito imaginario. Después, el frustrado novio se vio obligado a contemplar la desfloración de su esposa por otro hombre.     

Sin embargo, a veces se sentía amablemente dispuesta hacia las damas de su corte. Perdonaba sus adulterios, y si un marido se quejaba era procesado por ofensas, condenado y azotado públicamente.     

 

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